Clic

Me arrastro hasta la cocina para agarrar un paquete de papas más. Los viernes en la noche nunca han sido mi especialidad, y aún menos cuando fuera el clima ha decidido declararle la guerra a la primavera, el invierno conquistando todo el territorio y sometiéndolo a la obscuridad fría que se siente hasta dentro del mameluco del que muchos de entre nosotros no podemos salir desde que empezó la estación. Mi estómago pide comida sana, pero mi mente reflexiona sobre todo el dinero que no me queda para gastar, lo cual impide, claro, puesto que no hay mucho en casa más que un par de bocadillos, aceite y hierbas finas, impide, pues, que salga a la jungla que se asoma afuera con el fin de hacer las compras de la semana que tanto se necesitan. Sin más, mi cuerpo entero logra coordinarse para poder ponerme en pie. Si bien mi mameluco es un horno, pongo en mis hombros una cobija más. Al fin y al cabo, no hay calefacción en este departamento de ciudad.

Abandono pues la serie que comencé hace tres días para salir de mi cueva en busca de sustento alimenticio. La expedición es dura, pero muy corta: la puerta de la cocina colinda con la de mi habitación. Mientras abro los cajones de la alacena, reflexiono sobre lo que cocinaría si tuviese los ingredientes y la energía para hacerlo: probablemente sólo metería todas las verduras en una olla para cocerlas y transformarlas en lo que llaman… verduras en una olla cocida. Mi imaginación no da para más. El frío la congeló. Mi celular me anuncia que, si bien me congelo, la temperatura que se siente es mucho más inferior a la real, de por lo menos cinco grados. Así pues, me pongo a pensar en toda la pobre gente que vive en Canadá, donde actualmente hace -40 grados y la nieve obstruye todas las calles. Pero un gran “pero” impide que sienta una pizca de lástima por los habitantes canadienses: su calefacción es eficaz.

Me preparo entonces unas “provisiones” en un bowl: papas con salsa y limón, mi receta personal favorita. La única, a decir verdad. Mientras saboreo este exquisito platillo, el cual requiere tan solo de papas, salsa, limón y amor, me pregunto si podré finalmente hacer el aire acondicionado transformarse en calefacción, acto que he tratado de hacer desde hace unas semanas. Sin éxito. Mi computadora ya casi no tiene batería, pero no importa, la pondré a cargar después de que haya resuelto la calefacción. Aprieto todos los botones del control remoto, no todos al mismo tiempo, claro, puesto que la intención misma de analizar qué botón tiene el poder electrónico de convertir el aire frío en caliente, sería completamente inútil. Uno, dos tres. Dos, uno, tres. Tres, dos, uno. No logro descifrar el acertijo. Mi compañera de piso, con quien comparto la salsa, el aceite y las hierbas que hay en la cocina, así como todos los electrodomésticos, me ve pelearme con el control remoto, decirle hasta qué punto es un inútil y no sirve ni siquiera para satisfacerme. Supongo que, visto desde fuera, esta conversación que tenía con el remoto resultaba tonta o sin sentido, mas, en lo más profundo de mi mente, juré que lograría pasarle un poco de energía mental con el fin de hacerlo funcionar.

“No tiene pilas, pero hay debajo de la mesa de la sala”, dice mi compañera, soltando una carcajada ahogada. Claro, mi falta de alimento impide mi buena reflexión sobre el hecho de que ningún botón funciona, la máquina no contesta, y llevo veinte minutos discutiendo con una caja electrónica. Calefacción +1, yo -15. O al menos así se siente en la habitación.

Me rindo con el control remoto, así que vuelvo a mi serie. Oh momento de paz el que me rodea cuando cubro mis oídos con mis audífonos y no escucho más que las voces de desconocidos que actúan situaciones completamente improbables. Historias de amor, de guerra, decepción y comedia. Mas llego frente a mi pantalla, y el sitio en línea no responde. Sin conexión, me indica la barra arriba a la derecha, esa que indica la esperanza de vida del aparato, la cual veo con esperanza de que tenga batería, y, sobre todo, conexión. En este país, te prometen tantos gigas, y son sólo la mitad de esos que recibes. Bien, a arreglar el módem del internet. Eso implica otra expedición fuera de la habitación, que ya siento más caliente, quizás por mi presencia y respiración. Sin conexión no hay razón para seguir en la habitación, así que salgo a aventurarme en la sala, donde encuentro el módem apagado. Extraño. Lo prendo, apago. Nada. Muerto. Gran decepción la que me ataca, hasta que el módem decide resucitar sin más. La reinicialización tomará un rato. No me quedan más que mis papas, la salsa, el limón, y mi computadora con música. Vuelvo a mi cama donde está la computadora. Esta vez, la pantalla simplemente no indica nada. Sin batería, debe ser esa la respuesta. Tendré que conectarla al enchufe. Después de una búsqueda ardua en el cajón de la mesita de noche, logro conectar todo. Estoy lista para continuar esta noche en toda serenidad. Sin resultados. Después de un par de torzones del cable, la computadora responde, se reinicia. Todo vuelta a la normalidad, en esta dura y fría noche de viernes de invierno.

Y en eso, oigo el clic. Ese clic macabro que significa el fin. De todo. De la claridad, la lucidez, la energía, y el inicio de la oscuridad y la desesperación. Ese clic que dice todo con un solo sonido ahogado un par de veces al día. El que temo cuando estoy en casa, y me angustia en mis sueños. Ese clic, significado del fin de la electricidad pública durante las próximas tres horas.

Los viernes en la noche, bien dije, no son mi especialidad.

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